PRESENTAClON===============
LA Legión está indisolublemente unida a dos figuras históricas: su fundador, el General Millán Astray, y su lugarteniente y más tarde Jefe de tan heroicas Fuerzas, el General Franco.
Pero entre uno y otro Mando, La Legión tuvo un Jefe, también extraordinario, pero menos conocido en razón de que su heroica muerte en el campo de batalla hizo forzosamente breve la permanencia física (aunque eterna espiritualmente) entre sus legionarios. Este Jefe fue el Teniente Coronel de Infantería D. Rafael de Valenzuela y Urzáiz.
El Teniente General del Ejército, Excmo. Sr. D. Santiago Amado Lóriga, ha investigado con el mayor cariño la vida ejemplar y valerosa de tan brillante Jefe de La Legión y ha tenido la gentileza de autorizar la publicación en nuestra Revista de un extracto de su interesante trabajo, que es toda una lección de moral militar.
En nombre de ALIJARES, he de agradecer este gesto generoso a tan veterano Infante, cuyo nombre figura en nuestra Galería de Medallas Militares; y respondiendo disciplinadamente a los deseos de mi antiguo Coronel, me limito a condensar su intensa vida militar, en dos Mandos que han quedado profundamente grabados en su corazón:
Coronel Director de la Academia de Transformación de Infantería de Zaragoza.
General Director de la Academia General Militar.
Coronel Aramendi.
Pero entre uno y otro Mando, La Legión tuvo un Jefe, también extraordinario, pero menos conocido en razón de que su heroica muerte en el campo de batalla hizo forzosamente breve la permanencia física (aunque eterna espiritualmente) entre sus legionarios. Este Jefe fue el Teniente Coronel de Infantería D. Rafael de Valenzuela y Urzáiz.
El Teniente General del Ejército, Excmo. Sr. D. Santiago Amado Lóriga, ha investigado con el mayor cariño la vida ejemplar y valerosa de tan brillante Jefe de La Legión y ha tenido la gentileza de autorizar la publicación en nuestra Revista de un extracto de su interesante trabajo, que es toda una lección de moral militar.
En nombre de ALIJARES, he de agradecer este gesto generoso a tan veterano Infante, cuyo nombre figura en nuestra Galería de Medallas Militares; y respondiendo disciplinadamente a los deseos de mi antiguo Coronel, me limito a condensar su intensa vida militar, en dos Mandos que han quedado profundamente grabados en su corazón:
Coronel Director de la Academia de Transformación de Infantería de Zaragoza.
General Director de la Academia General Militar.
Coronel Aramendi.
BIOGRAFÍA
* * *

Estamos en 1897. La R. O. De 27 de febrero anuncia la nueva convocatoria 327 plazas para la Academia de Infantería sin contar los que por derecho de hijos o hermanos muertos en campaña pudieran ingresar fuera de número. El joven aspirante D. Rafael de Valenzuela y Urzáiz, que no ha cumplido aún los 16 años, marcha a Toledo lleno de ilusiones. ¡Si consiguiese aprobar! Nunca en el resto de su vida heroica le latería el corazón como le late ahora. La ansiedad de ser Cadete, le abrasa la sangre.
Triunfa en sus exámenes. Él, modesta y piadosamente, cree que la Virgen le ayudó con generosidad. Sus profesores, que nunca desconfiaron de su éxito, entienden que el triunfo estaba descartado. Y dentro ya de la Academia le iban a comprender a gran bondad, ese número de Jefes y Oficiales llamados a modelar a toda prisa a estos centenares de soldados. El Coronel Ostenero, el Teniente Coronel Mayoral, el Comandante Villalba, los Capitanes García-Toledo, Gómez Salazar, Hilario González, Bardaxi, Araujo, Pérez Peñamaría, nombres todos que habían de ser familiares a muchas generaciones de Cadetes muy posteriores a los de aquellos tiempos. Porque así de larga y de constante era para muchos de aquellos su voluntaria permanencia en la Academia. Y para no olvidar ningún empleo, dos populares Tenientes. Montón el uno, inventor de aquella airosa teresiana que había de sustituir a la de tubo, y Micas el otro, tan veterano y de tanta solera en la Milicia que cuando alguno quería expresar en gráfica frase su seguridad de acabar felizmente la carrera, exclamaba con pecador orgullo: "Dentro de poco seré yo más Teniente que Micas", y al decirlo torcía hacia el lado izquierdo su gorrillo cuartelero, tomando un aire desafiante y presuntuoso.
No se limitaban en sus clases aquellos maestros a explicar únicamente sus propias disciplinas. En ciertas ocasiones les gustaba apartarse también de la rigidez de los programas y tratar de aclarar algunas ideas sobre nuestras campañas coloniales. No por eso se alejaban del cumplimiento de su deber. Al discípulo que está formando su espíritu en una Academia Militar hay que modelarle en todos los minutos y es ésta, sin duda, la labor primordial del profesor, enseñe lo que enseñe, pero que es a la vez maestro, educador. Escuchaban los chicos aquellas disertaciones con una atención impresionante.
Se comentaba a veces entre profesores y Cadetes, las carreras extraordinarias que estaban haciendo algunos Jefes y Oficiales de los que combatían en las Colonias. Se hablaba por delante de todos de aquel juvenil, Caballero de San Fernando, Miguel Primo de Rivera, que había llegado ahora a Teniente Coronel a los 27 años. A su lado se citaban a otros varios, López-Pozas, Burguete, Casademunt, los tres Laureados y ascendidos a Comandantes entre los 25 y 27, en una escala muy retrasada en las que los demás les excedían a veces en más de 20 años. Y como Capitanes, también rápidamente promovidos, se recordaba a Rodríguez del Barrio, a Serrano Orive, a Dabán y López-Ochoa, entre los 20 y 21 solamente, edades en las que le igualaban muchos que eran Cadetes todavía. Nombres todos los citados que habían de seguir destacados muchos años después, con la continuidad de su entusiasmo y su valor y que llegaron a escalar las cumbres más altas de la Milicia o a morir con gloria al frente de sus tropas.
Fuera inútil añadir que Valenzuela sentía más que ninguno la emoción de aquellos tiempos. Porque para él no engendraba solamente un sentimiento intuitivo sino algo profundo, reflexivo, que le obligaba a meditar con frecuencia. En aquellas largas horas de estudio reglamentario, sentado en su papelera, apoyados sus codos en el pupitre, encendida la vela mortecina, abiertos los libros sin que sus ojos los leyeran más que de cuando en cuando, volaba su pensamiento a otras esferas. Sin poderlo evitar su imaginación se deleitaba, se complacía, en pensar en el mañana y en adivinar el problema futuro que le esperaba.
Y volvía a estudiar los textos, a preparar solícitamente las lecciones señaladas para hacer en clase, si le preguntaban, el brillante papel que siempre hacía. Cada día su puesto en Promoción avanzaba más. Sus calificaciones en todo, en teóricas y en prácticas, eran realmente inmejorables. Y esto le animaba también.
Alegría grande debía sentir al verse ascendido a la cabeza de los suyos. Hacía el número 14 en la relación de los 345 aprobados. Además, en juventud, era el tercero. Tan sólo dos le aventajan en muy pocos días y un tercero en unos meses, pero los tres muy retrasados en puestos en relación con el suyo, Y además, y por derecho de antigüedad en la lista, iba destinado a Zaragoza, a un Batallón de Cazadores; al Batallón de Cazadores de Alba de Tormes número 8.
Subía ahora, saltando más que pisando, las escaleras de su Compañía. Hacía nerviosamente sus maletas y se acercaba jadeante a la taquilla de la estación para gritar por la ventanilla abierta: ¡Un 1º para Zaragoza!
* * *
Año 1898, 1° de Julio. Un joven y bien plantado Oficial, vestido con impecable uniforme de Cazadores, sable al cinto, guantes bien ceñidos, ros en mano, hace su presentación a las Autoridades de la Plaza. Todavía no ha cumplido los 17 años requeridos, pero le faltan tan pocos días para hacerlos, que olvidan todos los que le ven en su gran entusiasmo, aquellos que el Decreto le prohibía. Afablemente le reciben en su despacho el Capitán General y el Gobernador Militar.
Y ahora, cumplidos estos primeros deberes, a incorporarse a paso rápido y veloz a su destino: Batallón de Cazadores. En la puerta del viejo caserón de su cuartel el primer saludo que recibe es el del centinela. Lo contesta alzando rápido su mano a la visera de su teresiana y dejándola caer con energía. Pero bien hubiera querido, si fuera posible, dar otra respuesta. De buena gana le hubiera abrazado fuertemente, emocionadamente. Porque es el primer cazador que encuentra entre aquellos cientos entre los que va a convivir y a los que va a mandar por primera vez en su carrera. Infantes humildes, nacidos de sencillos labriegos en remotas aldeas, hijos acaso de obreros de robustos brazos y de manos callosas, pero soldados todos como aquel de Barbastro que con un solo grito salido del alma, decidió en un segundo su preferencia por el Arma a la que ya iba a servir toda la vida.
Presentación al Teniente Coronel, a los Comandantes, a muchos Capitanes, Apretones de manos otra vez.
Un día más y Valenzuela va a ser ahora reconocido en la Compañía a la que se le destinó, como Oficial de su plantilla. Oirán los soldaditos aquellos, la voz enérgica de su Capitán que les mandará en nombre de S. M. obedecer y respetar a su Teniente en cuanto mandase dentro y fuera del servicio. Con su permiso, ordenará el presentado un movimiento a la fuerza. Ya tendrá así recibido el nuevo caballero el espaldarazo indispensable. Falta sólo para concluir, pero ya sin carácter serio, una tradicional ceremonia. La entrega de la simbólica llave de madera adornada con cintas, que se concede siempre al Oficial más moderno en el Cuerpo. La recibirá ofreciendo a sus compañeros una copa de champaña. Poco tiempo la conservará, porque un mes más tarde se incorpora otro subalterno, Antonio Martínez Guardiola, al que tendrá que trasladarle el atributo.
El bisoño subalterno de Alba de Tormes, el custodio de la llave de madera del 8° de Cazadores, se ha incorporado ya a las diarias faenas de su cuartel. Tediosa labor dirán algunos de sus colegas perezosos. Todos los días lo mismo. Cansa y aburre la monotonía de esa vida. Pero Valenzuela, lleno de entusiasmo, no opinaría así. Ni ahora que la empieza ni después cuando los años, algo prolongados de servicio, le hagan repetirla muchas veces. Él, nunca sentirá fatiga. Cada día que pasa enciende en él un gran afán voluntarioso.
Al lado de sus soldados se siente feliz. Con ellos, entre ellos, es como comprende realmente la razón de ser Oficial. Noble oficio en el que lo más grande es esa labor educadora que manda aprovechar todos los minutos de la vida.
Vigilando sus comidas, observando su sueño si está de guardia, celando que cumplan bien quehaceres mecánicos, se encuentra tan satisfecho entre sus cazadores como cuando los manda en la instrucción táctica, en sus fuegos, en sus formaciones y desfiles. Pero hay un acto diario en el que toda su enorme, su gigante entusiasmo profesional, resaltará como ningún otro. Será en el que abreviadamente se llama la teórica, pero que con más propiedad debiera designarse como la instrucción moral y patriótica de los soldados.
En medio de ellos, en aquella sala grande de su Compañía, sentados todos menos él en sus bancos de tablas, Valenzuela los habla. ¡ Qué simpatía engendra su voz y qué emoción dejan en el alma sus palabras! Frases sencillas, ingenuas, pero dichas con tales acentos de verdad que quedan clavadas en la mente de aquellos muchachos que las oyen, que las guardan impresas en sus memorias, como si un cincel las hubiera grabado en un mármol. De vez en cuando, hace levantarse a uno de aquellos para que a su manera explique rudamente lo que acaba de contarle. Se turba con frecuencia el preguntado. No sabe qué decir. Pero la mano de su Oficial se ha puesto cariñosamente sobre su hombro y aquel gesto de bondad, de afecto, en nada reñido con la más pura disciplina, le conquista, le anima. Y trata de repetir todo lo oído. El amor a la Patria, el orgullo de haber nacido en España, la hermosura de esta tierra, de su cielo, de sus montañas, de sus ríos y de sus mares. La lealtad al Rey, que es niño todavía vestido de Cadete, pero que va a ser pronto él más alto Capitán de todo su Ejército. La obligación de defender, hasta la muerte si llega, este suelo sagrado que hemos recibido al nacer como regalo de Dios, que es de todos, de ricos y de pobres, de viejos y de jóvenes, de ancianos y de niños. De vosotros —les dirá— de vuestros padres, de vuestras novias si las tenéis. Y qué honor tan grande que os hayan dado esas armas, esas bayonetas, fusiles y cartuchos, para que seáis vosotros, si hace falta, los que mañana lo defendáis rabiosamente a tiros y al arma blanca.
Entre los diarios quehaceres cuarteleros, las obligaciones sociales a las que su brillante situación en Zaragoza le obligan con frecuencia, y la lectura de los libros de los que sigue siempre muy aficionado, transcurren para Valenzuela los primeros meses del último año de aquel siglo. Año de grandes intranquilidades, de profundos malestares, consecuencias naturales del desastre del 98.
La situación económica de España obliga a grandes sacrificios y es natural que éstos afecten en primer lugar a los contribuyentes. El nuevo gobierno que preside Silvela, en el que Polavieja ocupa la cartera de Guerra y Villaverde la de Hacienda, es recibido al principio con grandes esperanzas. Pero difícil y dura es la complicada tarea que les espera.
Mientras tanto, la guarnición de Zaragoza no descansa. Marchas, pequeñas maniobras, piquetes, honores, procesiones, y de rara en rara ve ejercicios con fuegos reales, aunque sean en modesta escala.
Su Batallón ha sido trasladado a Alcalá de Henares, es decir, a uno de los cantones de Madrid.
Las mudanzas del Batallón traen consigo, como ocurre siempre en estos casos, cambios de algunos Jefes y Oficiales. No dejará por eso Valenzuela de tener entre los actuales conocidos antiguos, y camaradas muy queridos de Toledo. Manda Barbastro el Teniente Coronel Monasterio y en su plantilla figuran, entre otros, el Comandante Aparicio, los hermanos Irigoyen, veterano Capitán el uno y Capellán el otro, los Tenientes Losada, Carroquino, Macapinlac, Mariano González, y un apellido que había de extender treinta y siete años después su fama por el mundo: Moscardó Ituarte. Algunos de ellos acababan de regresar de Cuba y cuentan episodios de guerra que si unas veces interesaba y agradaba oír a los noveles subalternos, otras les producían más bien asombro y pena.
La obsesión de estudiar, de ampliar su cultura general, de adquirir los más completos conocimientos militares, de ensanchar aquellas comprimidas enseñanzas de Toledo, será ahora su primordial preocupación. Pero no por eso decaerán en su nuevo cuartel, sus entusiasmos ante sus actuales cazadores. Seguirá hablándoles, aprovechando las más variadas ocasiones del servicio para dar con su palabra y con su ejemplo el mejor fundamento de su educación.
No hay ahora ya, Batallones de Cazadores en Zaragoza. Quedan solamente Regimientos de Infantería en aquella guarnición. Valenzuela ha solicitado uno de ellos y le destinan al de Galicia número 19. Contento y animoso vuelve dentro de él a la vida del diario servicio en el cuartel. Con su Regimiento marcha dos años después a Lérida con motivo de la agitación obrera en Cataluña, permaneciendo allá unos meses. Con él, también asiste a unas maniobras dentro de la Región. Una estancia fugaz en Málaga en el Regimiento de Borbón y vuelta otra vez a Zaragoza, ahora de Ayudante del Teniente General March que manda la Capitanía. Por primera vez que luego se repetirá con frecuencia, los cordones dorados de los Ayudantes de los Generales van a cruzar su pecho.
Dos acontecimientos señalados en este año 1903. S. M. el Rey ha jurado la Constitución y concede como recuerdo de este regio acontecimiento una medalla con su efigie, a todos los que han contribuido al esplendor de los actos celebrados.
Para Valenzuela es la primera condecoración que puede colgar del pecho de su guerrera. ¡Con qué gran orgullo y con qué firme lealtad a su Monarca, la llevará ya siempre! Y a continuación de esa alegría otra también muy suspirada. Una ley especial, la llamada de Linares por ser éste el Ministro que la presenta, concede el ascenso a primer Teniente a los segundos que llevan tres años efectivos en este último empleo. Las dos estrellas de oro de cinco puntas de su guerrera y de su teresiana, irán proclamando por todas partes su primer avance en su carrera. Y podrá presumir de llevar algo más de oro también en su uniforme. Los cordones de su ayudantía y el pasador de aquella medalla de la coronación, que su madre muy amorosamente le regaló con el de mayor lujo que ha encontrado. Porque como ella dice "a tal Rey, tal honor".
Si la parada de segundo Teniente ha sido larga, parece que ahora en cambio se acorta el plazo de seguir siendo subalterno. Su buen número en cabeza de su promoción le hace sentirse ya cercano del paso a Capitán. En abril de 1907 es declarado apto para ascender cuando por antigüedad le corresponda. Pero habrá de esperar todavía un par de años para que caiga la tercera estrella y se alinee sobre la bocamanga con las otras dos.
* * *
Primero de Julio de 1909. Sentado en su mesa de despacho por cuyas ventanas entra ardoroso el sol de Andalucía, un joven Capitán ayudante aguarda las visitas que ha de ir anunciando a su General. Hoy, es mañana tranquila y la habitación está casi desierta. Buena ocasión para leer con calma algún libro de los que nunca dejan de acompañarle en sus ocios. Pero antes no está de más echar una ojeada a la prensa. Comenta hoy sin gran relieve pero se nota cierta agitación en las cábilas limítrofes a Melilla. Pero nada que pueda preocupar. Nuestras columnas hacen frecuentes recorridos por la zona de soberanía sin observar movimientos sospechosos. Esto que dicen hoy seguirán repitiéndolo una semana entera. Pero ahora estamos ya a 9 de Julio. Lo que ocurre hoy es mucho más serio, 400 moros a pie y a caballo han atacado a un grupo de obreros que trabajaban en las minas. El General Marina ha acudido solícito en su socorro con una pequeña parte de sus tropas. Se entabló combate y tuvimos un Teniente muerto y dos heridos. Entre la tropa cuatro y veintidós, respectivamente.
El Capitán ha sentido una sacudida enérgica por todo su cuerpo vigoroso. La emoción de aquellos tiempos en los que se peleaba en las Colonias perdidas, vuelva a dominarle. Mucho más se exaltará todavía al leer el telegrama del Rey al General Marina:
"Con verdadero entusiasmo le felicito como a las fuerzas a sus órdenes por valor y conducta combate de ayer. Enorgulléceme primera acción librada en mi reinado. Han quedado plenamente confirmadas grandes esperanzas cifré siempre en Ejército y porvenir nuestra Patria. Lamento mucho bajas sufridas".
Ya se está movilizando la Brigada de Cazadores de Cataluña. Se han llamado a las reservas. Nuestros buques de guerra cañonean los poblados enemigos El Capitán no cesa de pensar en aquellos afortunados Oficiales que están en la Plaza africana o que van presurosos por el Mar, camino de reforzarla. Seguramente lograrán para su Hoja de Servicios esa calificación de valor acreditado por la que él suspiró siempre.
Con su General comenta las noticias. Y éste, afable y cariñoso siempre, calma las impaciencias de su Ayudante. No ocurrirá nada serio —le dice—. La fogosidad de los moros es como la pólvora. Se inflama pronto pero dura poco. Y se pone a continuación a contarle aquella campaña chica del 93. Los ataques a los fuertes de Cabrerizas y Camellos. Las muertes de los Generales Margallo y Ortega. El mando de Macías.
La llegada de Martínez Campos para ultimar la paz. En total, 44 muertos y 206 heridos. Poca cosa, para lo que al principio se temía.
Pero a pesar de sus optimismos sigue la Prensa publicando despachos acerca de Melilla, más alarmantes en cada número.
El 18 se combate rudamente en el pequeño reducto de Sidi-Ahmed débilmente guarnecido, defendido por escaso y bajo parapeto de piedras secas, sólo en parte rodeado de alambradas. 6.000 moros lo atacan y parte de ellos logran irrumpirlo, lanzándose sobre las piezas que lo defienden. Al pie de sus cañones y luchando heroicamente mueren los artilleros Comandante Royo y Capitán Guiloche, a quienes se concede la Laureada. Tgualmante entrega su vida en lucha gloriosa, el Teniente Coronel de Infantería Ceballos, que manda la posición. El 20 se reanudan las agresiones enemigas. La Brigada de Madrid ultima sus preparativos de salida. En persona el Rey visita sus cuarteles. El 21, fuerte combate en la 2.v caseta y en Sidi-Musa. Las bajas de Oficiales y de tropa aumentan ya en considerable número. A lo largo del Gurugú arden, en señal de guerra, las hogueras.
El 23 avanza la columna del Coronel Álvarez Cabrera y muere a su cabeza este Jefe arrojado y sereno. En ese día el Batallón de Figueras recién desembarcado sufre grandes pérdidas entre las que destaca la de su Teniente Coronel Ibáñez Marín, figura culminante del Arma, Jefe idolatrado de sus tropas y Oficiales.Hace ya días que el Capitán Ayudante no resiste el sentarse en su mesa de despacho. Sus nervios saltan como las cuerdas de una guitarra al romperse. Le devora la ansiedad de llegar pronto a Melilla. Porque decididamente está resuelto a marchar cuanto antes. Se consideraría desgraciado para siempre si perdiera esta brillante ocasión para templar su espíritu en todos los azares de la guerra.
El pensamiento de no estar todavía en aquel Batallón de Barbastro al que sigue queriendo de corazón le hace maldecir su muerte. Se pasea agitado por la estrecha habitación que sirve de antesala. Siente la tentación, que le abrasa, de abrir la puerta que da entrada hacia donde está su General y decirle francamente que se quiere marchar. Y sin embargo comprende que va a ser difícil convencerle.
Se encuentra tan satisfecho al lado de aquel Capitán que llena tan perfectamente sus cometidos, que le costará mucho esfuerzo separarse de él. Pero al fin y al cabo es también persona comprensiva. Como además sigue optimista, espera que la ausencia va a ser muy breve y le promete esperarle sin pedir que nadie cubra su vacante. Ya sabe Vd. Valenzuela —le dice con paternal acento— en cuanto acredite su valor, vuelva corriendo. Yo le espero con ansia. Y como el Capitán le pidiera que llamase él mismo al Ministro para que lo mandasen más aprisa, le pregunta a qué Cuerpo quiere ir. El Oficial se cuadra, los tacones con espolines de sus botas de una pieza lanzan al tropezarse un metálico ruido. Su voz se afirma más enérgica, más rotunda que nunca y exclama resueltamente: Al Batallón de Cazadores que haya perdido más gente y esté ahora en el puesto de mayor peligro.
Madrid le complace y el Ministro anuncia en telegrama el destino. Al Batallón de Llerena que ha sufrido en el combate del 27 de Julio, el 30 por 100 de bajas.
* * *
Presentación urgente, corriendo casi, al nuevo Batallón. Y a empezar la vida suspirada de campaña. A los cinco días, silban las primeras balas. El Batallón ha salido a proteger la construcción de un blocao y la Compañía de Valenzuela ha desplegado. Pero el tiroteo es ligero y no se siente por ello bastante satisfecho todavía el animoso Capitán. Ni lo estará tampoco en todos aquellos servicios, muy frecuentes, de escolta a convoyes, a los que no faltan pequeñas agresiones eventuales. Con pena de su Teniente Coronel Artiñano que lo había tomado especial afecto, lo trasladan a otro Batallón, al de Talavera número 18. Y otra vez en esta nueva Unidad entregado a parecidos servicios de campaña: destacamentos, trabajos de fortificación, reconocimientos, marchas por aquellas tierras de secano. Suspira por una operación guerrera en que intervengan las tres Armas y en la que pueda acreditar valor. Por fin llega el 30 de septiembre. Fuerte, duro combate en este día. Muchas bajas, muy sensibles todas ellas pero una sobre todas de especial resonancia. Ha muerto el General Díaz Vicario, Jefe de brillante carrera y merecida fama, muy bien ganada, en las recientes campañas coloniales. Otra gran figura militar que se lleva la guerra.
Valenzuela, que ha estado incansable en toda la jornada, ve por fin realizados sus sueños. Una cruz pensionada y roja del Mérito Militar premiará su bravura. Pero para él, para su vocación y su entusiasmo, habrá todavía una recompensa superior. Poco después, en la oficina del Batallón, un hábil mecanógrafo, porque ahora ya van desapareciendo los pendolistas, tecleará sobre la máquina con la agilidad de un gran pianista y dejará escrito sobre una línea que dice "Valor" este concepto suspirado: Lo acreditó.
El 2 de octubre de 1910, festividad del Santo Ángel de la Guarda. La sociedad aristocrática de la capital de Aragón, vestida con sus mejores galas, se encamina hacia una casa-palacio en la calle de Goicoechea. Va a celebrarse en ella una boda que ha de constituir el más selecto acontecimiento de todo el año, Una preciosa muchacha de rancio abolengo donostiarra se casa con un apuesto caballero novicio de Santiago. La novia se llama María Manuela Alcíbar-Jáuregui y Latorre. El Caballero es Rafael Valenzuela y Urzáiz.
Las hojas del calendario van cayendo en un suceder vertiginoso. Empieza el año nuevo que no es más que el undécimo del siglo. Hay calma completa en Marruecos. Se acerca el verano, que promete ser hermoso.
De pronto, insospechadamente, otra vez muchos tiros en Marruecos. Se acabó la paz y la lenta penetración pacífica. Empiezan las agresiones a Melilla que cada día toman más graves caracteres. Menudean las bajas. Una nueva campaña se inicia, que va tomando vuelo alarmante.
Paso del río Kert. Primo de Rivera, recién incorporado de Coronel al Regimiento de San Fernando, lleva a la lucha su proverbial bravura y es gravemente herido. El artillero General Ordóñez, sobresaliente prestigio de su Cuerpo y en todo el Ejército, acredita muriendo su temeridad. Acaba el año con fuertes operaciones que presagian peleas más duras todavía.
Su cercanía del Ministerio y sus amigos en la Casa, le permiten ahora gestionar directamente su traslado.
Abril de 1912. Ya está pisando de nuevo el Capitán de Cazadores, la tierra ardiente de Marruecos. Bajo la lona de una tienda de campaña, levantada en aquel alegre campamento de Yadumen, sueña otra vez en ataques, en avances, en victorias.
Acaba de incorporarse al Batallón de Talavera, al mismo con el que operó en su anterior etapa combativa. Conoce ahí a muchos y muchos le conocen también a él. Le encanta aquel amplio alojamiento que concentra a los seis Batallones de la Brigada. A su Caballería, a su Artillería, a sus Ingenieros, y a todos sus servicios. Por los sectores de las otras Unidades vecinas a su Batallón, va buscando amigos y recibiendo abrazos. Los noveles Oficiales que no le conocen, preguntan con admiración quién es aquel Capitán con la Cruz roja de Santiago en su guerrera, que habla con tanta propiedad y que refleja una alegría tan grande, tan contagiosa, tan vehemente. Explica él ahora a todos los que le escuchan, su sorpresa al llegar. El campamento está al garete, como dicen en argot militar. Ningún parapeto, ninguna alambrada lo rodea. Solamente las guardias avanzadas vigilan a pecho descubierto el sueño de los que descansan. Esto en Marruecos ha sido hasta ahora cosa insólita. La confianza en sí mismos que demuestran estos cazadores, su desprecio al peligro, seguros de vencerlo, refleja perfectamente la cota de su moral.
También para muchos subalternos de los que embelesados le atendían, es una novedad el espíritu de este extraño Capitán tan enamorado de su oficio, tan lanzado a ejercerlo con devoción, que habla con elocuencia y da, a su gesto sencillo y natural, un aire de cautivadora simpatía. Suerte tiene Talavera, pensarán, en tenerlo entre sus filas. Así debiéramos ser todos los demás.
Unos pocos días de normales servicios de campaña, seguidos de un período de gran actividad. Se combate fuertemente el 11, el 13 y el 15 de mayo. El primer empuje se dirige contra el poblado de Taurit-Hamet, causante del gran percance del 22 de marzo.
Previamente cañoneado con intensidad, una Compañía de Chiclana recibe el honor de ser ella la que lo asalte a la bayoneta. En un brioso empuje, el caserío es ocupado. Los otros Batallones operan con fortuna por los flancos. Prosigue el avance el 13 con notables ganancias de terreno. Y el gran éxito final llega con el 15. La harka enemiga que defendía fuertemente los accesos de Kaddur, es batida totalmente y a su cabeza muere el Mizian, el más valiente y temido cabecilla de aquellas tropas. Por primera vez entra en fuego en este día los Regulares recién creados, y es a ellos a los que corresponde en justicia la parte principal de esta fortuna. Pero también Talavera que va ahora en cabeza de la columna, tiene brillante ocasión de distinguirse. Valenzuela está contento de su bizarra participación en todas las jornadas, y lo proclama por todas partes con la alegría de sus ojos y la verbosidad de su palabra. Nunca dudó que estos cazadores eran invencibles.
Con estas operaciones termina prácticamente la llamada campaña del Kert.
En el Diario Oficial aparece una larga lista de recompensados. En ella están favorecidos con ascensos nombres de prestigio que siguen y seguirán avanzando a paso rápido por el Escalafón. García Moreno, Cavanna y Muñoz, Jefe de Talavera, a Coroneles; Saro, a Teniente Coronel; Fernando Primo de Rivera, a Comandante; lo mismo que Gregorio Benito; ya Capitán, entre otros, un desconocido Teniente de Regulares herido gravemente en aquellos días y cuyo apellido había de dar nombre, 25 años después, a calles y plazas de todas las ciudades de España. Emilio Mola Vidal.
Valenzuela viene modestamente premiado con otra Cruz roja del Mérito Militar. Ha llegado tarde a este período de actividades y tendrá que conformarse con su suerte. Tiempo le quedará para mejorarlas.
Y en vista de la tranquilidad de la zona y del período de pacificación que se inicia, decide regresar a Zaragoza, el 22 de septiembre, para juntarse a los suyos y para besar a su hijo que ha nacido en estos días y al que por lo mismo no conoce todavía.
* * *
En situación de excedente en la 5." Región, o sea en Zaragoza, vino el año 1911. Esto dice secamente su Hoja de Servicios, que añade que en igual pasividad transcurrieron los cinco primeros meses del siguiente. Breve temporada, sin embargo, de dedicarse a los suyos, porque el 14 de Junio aparece destinado nuevamente a Marruecos. Esta vez no ha tenido que pedir permisos, ni trabajar por su cuenta su traslado. Se lo han dado todo hecho. El General Primo de Rivera manda la Brigada de Cazadores de Madrid y está con ella en operaciones. El centro de gravedad de la guerra ha saltado de Melilla a la zona Ceuta-Tetuán, en la que las agresiones, los combates y las emboscadas son frecuentes y sangrientas.El General de quien hablamos tiene al lado de otras brillantes dotes, una que no es frecuente en los mandos a pesar de parecer la más elemental. Saber elegir su gente, saber conocerla. De una simple mirada, de una rápida inspección adivina lo que cada uno vale y para lo que cada uno sirve. Claro que opinamos así desde un punto de vista meramente castrense, sin otros pensamientos apartados de sus funciones marciales. En Madrid conoció a Valenzuela y supo desde el primer momento calificarlo como excelente en todo. En inteligencia, en voluntad decidida de trabajo, en lealtad en entusiasmo fervoroso por su carrera. Apercibió también ese amor desde niño al Batallón de Barbastro que un día decidió su vocación. Y en el afán de tenerle a su lado y de complacer sus deseos lo reclamó a sus órdenes y le mandó a esa Unidad de su predilección.
¡Qué enorme alegría la del Capitán al conocer esta sorpresa! Con toda la urgencia de otras veces se presenta el 20 de Junio en Tetuán y en esa misma Plaza se incorpora al Batallón. El 22 y el 24 combate ya con él en las inmediaciones de Laucién. La operación de esta última fecha fue de gran importancia. El enemigo estaba concentrado en la meseta de Ben-Karrich, con intención de atacar Tetuán.
Bajo el mando de Primo de Rivera se organizan tres columnas que mandan los Coroneles Moreira, García Moreno y Berenguer. Barbastro con cazadores de Madrid, forma parte de la segunda. Al principio la lucha se desarrolla normalmente, pero al replegarse las fuerzas y atravesar un barranco cubierto de matorrales, se entabla dentro de él un combate difícil en el que casi se pelea a ciegas. Las bajas que sufrimos fueron 3 Oficiales y 39 de tropa, muertos; 1 Jefe, el Coronel Moreira, 6 Oficiales y 65 de tropa, heridos. Entre estos últimos figura el Capitán Valenzuela, que se destacó por su bravura.
Los meses de Agosto y de Septiembre sigue operando una vez restablecido, señalándose, como siempre, su valor personal y su capacidad para el mando. Una R. O. de fecha 7 de Octubre le asciende a Comandante con la antigüedad de aquel 24 de Junio, día en que resultó herido.
Con este ascenso ya está decidida su brillante carrera. Por fin llegó la suerte tan ambicionada. Tiene ahora 31 años. Adelanta lo menos 12 años su ascenso, si tuviera que esperar a recibirlo en turno normal.
¡Cómo le ayuda su suerte ahora! Y eso que no conoce todavía la segunda parte. Porque no va a ir solamente a un Batallón cualquiera. Va a ser nada menos que Comandante de Armas del. Batallón de Cazadores de Barbastro...
En un campamento de Tetuán está Barbastro y a él se incorpora su nuevo Comandante, en un salto. Lo mandó Calero, un Teniente Coronel muy querido de sus antiguos Cadetes de Toledo, en donde ejerció con acierto y con bondad manifiesta, varios años, el profesorado. Los Capitanes antes más antiguos que Valenzuela y ahora sus subordinados —Moscardó entre ellos, que no tardaría en ascender por méritos de guerra— le reciben con respeto y con alegría. Porque todos le quieren y todos reconocen cómo ha merecido su bien ganado avance.
Volverá a luchar en las inmediaciones de Tetuán, se trasladará a Laucién, combatirá en Malalién, ayudará con sus tropas a reforzar con avanzadillas el reducto Izarduy y alternando estas operaciones con otros servicios de campaña, llegará hasta el mes de Junio del 14. Mientras tanto, ascendido Primo de Rivera, abandonará a sus Cazadores, llevándose consigo gran parte de aquel alto espíritu que su sola presencia infundía. La etapa de pelea activa había concluido. Valenzuela que ha venido siempre a Marruecos para combatir, no se habitúa al tedio de los campamentos en la paz.
El 20 de Junio le destinan a su petición a situación de excedente en la 5° Región. Vuelve, pues, a Zaragoza con sus anchas estrellas en la bocamanga y con otra roja sobre el pecho que ha ganado en estas últimas acciones. Pero no es ahora una cruz sencilla como antes, sino una placa gruesa, grande, como corresponde a los Jefes.
Si en pocas palabras quisiéramos resumir la actividad profesional de Valenzuela, entre 1915 y Septiembre del 21, tendríamos que decir, brevemente, que estuvo dedicado todo ese tiempo a la vida normal de una guarnición, sin novedades extraordinarias.
Pero esa documentación oficial no refleja más que con cierta frialdad la personalidad de quien la motiva. Es verdad que figuran en ella un conjunto de calificaciones algo arcaicas, que hablan de variadas aptitudes militares y que ordinariamente se juzgan con benévola complacencia. Mucho tenía en todo Valenzuela, que es nota máxima y que en este caso estaba plenamente justificada. Pero nada expresaba como en esos seis años que comentamos, ante sus Jefes y sus Oficiales derrochó entusiasmo, afanes cumplidos de constante trabajo, amor propio firme y brillante para salir triunfante de todas las misiones, alegría en cumplirlas, ambición en merecerlas. Es decir, todo lo que pudiera resumirse en una frase tomada de las Ordenanzas: No se contenta con hacer lo preciso de su deber, sin que su propia voluntad adelantase cosa alguna.
Ahora había que consagrarse a la teoría. Leer mucho, reflexionar con frecuencia, grabar ideas fijas e inmutables en la frente, quemarse las cejas como se dice vulgarmente, en el sentido de los libros. Y aprender idiomas para poder leerlas sin esperar a que otros los traduzcan.
Precisamente el año 14, había estallado la llamada Gran Guerra. Los mejores Ejércitos de Europa se habían enfrentado en una descomunal pelea que duró cuatro años largos. La misma América del Norte acabó por unir sus fuerzas a las de los aliados para decidir con su masa humana y sus enormes recursos el final de la refriega.
Valenzuela seguía con creciente emoción las incidencias de la lucha. Su afán de conocerlas lo mejor posible le impulsaba a dominar idiomas extranjeros, en particular a conocer bien el alemán, el inglés y el italiano, ya que el francés lo poseía con toda perfección desde muy joven. Tarea dura y fatigosa a la que se entregó como siempre con toda su férrea voluntad. Le ayudó en cierto modo, por lo que se refiere al alemán, la amistad que trabó con Jefes de esta nación refugiados en España, después de evacuar el Camerum y trasladados a Zaragoza, en donde permanecieron largo tiempo.
Cuando se vio ya en aptitud de traducir o poder leer con facilidad textos, revistas o prensa de aquellas naciones, buscó con ilusión lo que se publicase sobre enseñanzas de la guerra y poco a poco logró hacer una pequeña biblioteca, llena de obras selectas que acotaba con anotaciones de su propia mano. A las nuestras han llegado por casualidad algunas de ellas, pocas en verdad, pero queremos comentar el rastro que en ellas dejó la atenta y profunda atención de quien afanosamente las iba muy despacio analizando.
Recién incorporado al Batallón de Extremadura y es ocasión de ir ya contando sus guerreras aventuras en esta nueva fase de su vida. El 19 de Septiembre, toma el mando de aquella Unidad en la posición del Zoco el Had de Benisicar, en donde está destacada prestando servicio de campaña. El 4 de octubre se traslada al campamento de Alfonso XIII en Melilla. De allí pasa a Nador y constituyendo parte de la columna de Sanjurjo, interviene activamente en todas sus operaciones, recorriendo con ella diversos campamentos y vivaques. El 14 de Octubre y siempre con ese mando, reconquista en vanguardia de la referida columna la alcazaba de Zeluán. El 24, entra en Monte Arruit, el 7 de Noviembre opera en la meseta de Iguermen, el 14 en Ya-zanen y Tifasor y el 21 en Ras-Medus. El 24, y por incorporación de su Jefe de plantilla, cesa en el mando accidental del Batallón y queda agregado al Cuartel General de la Comandancia. Con este alto mando, asiste a las reconquistas de Tamied-Hand, del Harcha, del Zaie, Tauriat-Zag, Tauriat-Buchit y Tikermin. Por el conjunto de todas esas operaciones es citado como distinguido en la Orden General de la Alta Comisaría del mes de Junio de 1922, resaltando especialmente su brillante actuación en los combates de Ras-Medua, de Taxuda y de Dar-Drius, al éxito de los cuales contribuyó muy eficazmente al mando de sus fuerzas.
En febrero de 1922 es destinado al Regimiento de Ordenes Militares de guarnición en Estella (Navarra)
Nuestro Teniente Coronel no iba cautivando sólo a todos sus Oficiales ni entusiasmando únicamente con su ejemplo a sus soldados, por cierto catalanes en su mayoría. Entre los civiles tenía un amplio círculo de amigos que le querían y admiraban. En pocos meses, en días casi pudiera decirse, se había atraído a gran parte de la ciudad.
Empezaron a llegar cartas concretas y animosas. Se creaba en efecto un Grupo de Regulares, pero con insistencia se le citaba a él como el Jefe futuro. En Melilla le esperaban ya muchos amigos ansiosos de recibirle en sus brazos.
Todavía unos días de ansiedad y por fin la confirmación oficial. Se crea el Grupo de Regulares de Alhucemas número 5. Se designan para mandarlo al Teniente Coronel D. Rafael Valenzuela y Urzáiz. Es el 2 de Septiembre de 1922.
El 22, ya está en Melilla, tomando el mando de ese Grupo que todavía vive sólo en el papel. La gente hay que buscarla, reclutarla, instruirla, armarla, Todo está por hacer. La labor no es sencilla y antes bien, cada día que pasa, parece más difícil. Su voluntad de trabajo y su ilusión de tener pronto preparada la Unidad, para todo lo que ocurra, hace el milagro de ir venciendo los obstáculos. A medida que se van constituyendo Compañías, las manda al campamento de Drius para acercadas así al frente. Un mes después ha logrado reunir allá tres de ellas y con eso ha formado ya su primer Tabor. Poco es todavía, pero ya es algo.
El 24 de Octubre, se comenta sobre una operación que se planea. En ese mismo día marcha él a Drius y se pone al frente de su Tabor. Si no hubiera tenido armada más que una Sección, con ella hubiera ido a donde fuera. El caso es combatir pronto, que se nombre a su Grupo, que se escriba rápidamente la primera línea de su historial de guerra. El 25, duerme con sus fuerzas de las casas de Abbada. El 26, y en vanguardia de su columna, ataca y conquista con su poca gente el Monte Tayudalf apresando en él un cañón de 9 cm. con el que el enemigo hostilizaba frecuentemente nuestras posiciones. ¡Buen estreno para el Grupo! El Coronel Morato, que manda la columna, le felicita con efusión. El General Burguete, Alto Comisario, repite, pocos días después, sus plácemes calurosos. El éxito logrado eleva la moral de las fuerzas novatas.
Ahora otra vez en la Plaza a seguir llamando gente y seleccionando la que sirva. Pero cada día más contento, más ilusionado con aquellos Regulares suyos, a los que ya quiere tanto y con los que aspira a formar un núcleo que sea digno de la fama de los otros Grupos. De aquellos de Melilla, de Tetuán, de Ceuta, de Larache, condecorados todos con la Medalla Militar y dueños de un historial brillante.
Seguía en estas fatigas de organización cuando, por sorpresa y sin pedirlo, se le concede el puesto de más honor en Marruecos: el mando del Tercio de extranjeros, vacante por retiro voluntario de Millán Astray. Es el momento culminante de su magnífica carrera.
La idea de combatir al frente y al lado de los legionarios, cuyo espíritu formó Millán Astray con tan soberana maestría, y a los que Franco ha llevado de victoria en victoria, con una asombrosa visión táctica, le llena de tanto orgullo como de penosa preocupación. Su elegante modestia, su sencillez, su hidalguía, le hacen figurarse a veces demasiado favorecido por la fortuna al no merecer cargo tan saliente. Al incorporarse a su destino, su primer acto es telegrafiar a Franco, Comandante todavía al frente de la primera Bandera, para expresarle el orgullo de tenerle a sus órdenes. Desde su incorporación, el primero de Diciembre de 1922, no cesa de recorrer todas sus Unidades, acercándose siempre a las que estuvieran en más peligro con el afán que le impulsa de tomar parte con ellas en cualquier combate que tuvieran. Pero hay otro período de reposo en el que apenas ocurre nada de saliente. Su impaciencia por combatir le obsesiona. Quiere demostrar a La Legión su gran ilusión de dirigirla en fuego. Por de pronto ahora hay que pensar también en otro asunto. El Tercio va a merecer el gran honor de que la Reina, como recompensa a tanto heroísmo, le entregue con su propia mano la Bandera. La fiesta solemne se celebrará en Madrid y asistirá a ella una nutrida representación armada de La Legión. Para ultimar detalles, a la vez que las fuerzas que han de concurrir se concentran en Algeciras, Valenzuela acude a Palacio y se entrevista con los Reyes. Alfonso XIII al despedirle, con toda aquella espontaneidad y simpatía tan suya, le abraza cariñosamente. El Joven Teniente Coronel sale profundamente impresionado. Después de este abrazo dirá aquella misma tarde en la gran peña a algunos de sus íntimos:
"ya puede uno morir con alegría".

Y casi en aquel mismo momento llegan a su poder noticias alarmantes de Melilla. El enemigo ha crecido considerablemente. La posición de Tizzi-Assa está sitiada. Hay que romper el cerco, y cueste lo que cueste llevarle el convoy. Se prevé un combate muy duro y muy sangriento. Las Banderas del Tercio irán en vanguardia. Valenzuela ha sentido en todo su cuerpo estremecimientos de alegría. ¡Llegó, por fin, el momento suspirado! Y rápido, corriendo materialmente, se dirige con atropello a la estación Dice adiós a los suyos, besa a su hijo. Se presenta horas después en el campamento de Tafersit, donde le aguardan concentradas las dos Banderas que han de operar con él. Habla a los Oficiales, a los legionarios, arenga a todos, les entusiasma, les arrebata. Mañana —les dice— iremos por encima de todo junto a nuestros compañeros sitiados. Si la resistencia es muy fuerte, la venceremos. Y si morimos en la empresa, tanto mejor. Demostraremos al mundo que aún hay raza. Esta era su constante obsesión y éstas eran las palabras que escribía siempre, al pie de todas las fotos suyas que dedicaba.
Como excelente católico, ha llamado a su tienda al sacerdote para confesarse con él. Hay que ir preparados, comenta luego con infantil alegría. ¡Da tanta fuerza el sentirse cerca de Dios! Unas horas después, al amanecer del trágico 5 de Junio de 1923, tras confesarse con él. Hay que ir preparados. El combate se inicia recio, reñido, incesante. El terreno es muy duro; el fuego enemigo hace muchas bajas; las camillas desfilan sin cesar hacia la retaguardia, manchadas sus lonas de sangre.
Valenzuela está infatigable, recorriendo toda la línea en un temerario alarde de valor que asusta a todos. Muchos legionarios, curtidos en el fragor de combates parecidos, tiemblan ahora de miedo. ¡Nos va a matar a nuestro Jefe! ¡No debía exponerse así! ¡Qué será de nosotros sin él!
Pasan de este modo unos minutos que parecen siglos. Las fortificaciones enemigas son tan fuertes que se hace imposible vencerlas solamente con el fuego. Tendrá que pensarse en alguna maniobra exterior. Pero el mando de todas las columnas, carente de otras iniciativas, considera, con manifiesto error, lo más cuerdo él atacarles cuerpo a cuerpo. Un cornetín toca desde muy lejos ataque con la contraseña del Tercio. Valenzuela oye el toque vibrante desde su puesto de vanguardia extrema, echado allí en el suelo, junto a sus legionarios parados e impotentes de avanzar. En aquel momento pasa por su imaginación el recuerdo de Franco, ausente ahora, en Oviedo, y haciendo con toda ilusión los preparativos de su boda. ¡Ah, si estuviera cerca, si lo tuviera allí mandando una de aquellas Banderas, inmovilizadas en tan áspero terreno! Pero ¿qué hacer ahora? Queda un único partido. Ponerse al frente de aquel grupo de legionarios avanzados y caer en tromba con ellos sobre las trincheras enemigas. Así, juntos todos, soldados y mandos y el Teniente Coronel a su cabeza. ¡Qué gran bautizo legionario para él si saliese con vida!
Y como lo piensa lo realiza. Puesto en pie, ha dado los tres vivas reglamentarios del Tercio. A España, a La Legión y aquel Rey, cuyos brazos le parece que le aprietan todavía cariñosamente en cordial despedida. En una mano sujeta nerviosamente su pistola, en la otra lleva estrujado su airoso gorro legionario. Y allá va hacia la muerte, hacia el sacrificio, hacia la perduración de la raza, que vive y vivirá siempre, digan lo que digan los débiles, los pesimistas, los cobardes...
El cuerpo vigoroso de Valenzuela, con toda la vitalidad de sus cuarenta y un años, caerá acribillado a balazos.
Quedará allí en el campo, sin recoger, rodeado de los cadáveres de sus próximos legionarios y de los enemigos muertos. Durante dos tristes noches las estrellas lo mirarán con esos ojos que parecen que parpadean incansables en el azul oscuro de aquel cielo africano sin nubes.
Después, amorosamente rescatado, será trasladado a Melilla. A la guerrera, empapada en una sangre que el tiempo endureció, se prenderá la Medalla Militar. Darán guardia de honor los legionarios heridos, que suplicaron permiso para salir del Hospital, con sus vendas todavía húmedas, para velar aquel heroico sueño de su Jefe. Sobre sus rostros retostados resbalarán esas lágrimas sinceras que sólo salen de los ojos cuando se pierde un padre. Y empezará aquel fúnebre cortejo que va a recorrer desde Melilla a Zaragoza una gran parte de España. Detrás del ataúd, con toda frecuencia por su máximo dolor, irán los más cercanos parientes que acudieron presurosos a seguirlo. Su hermano Enrique, Capitán de Artillería; los Condes de Sobradiel y de Isla, Joaquín Alcíbar, Arturo Guillén, Paco Urzáiz, y ya en marcha la decorosa comitiva, un joven Cadete de Caballería, su sobrino Enrique Guillén, que habrá saltado de su caballo en plenas maniobras académicas para unir su corazón doliente al de todos los demás de la familia. En todas partes el paso del entierro dará lugar a cálidas manifestaciones de pesar. En Zaragoza el pueblo entero se echará a la calle. Toda aquella enorme simpatía que derrochó el caído en su propia ciudad idolatrada, tendrá ahora una silenciosa y muda expresión de amargura y de cariño. En la cripta del Pilar, bajo el propio Altar de la Virgen, se abrirá la sepultura. Y allí, a los pies de la Gran Señora, a la que consagró el finado la más grande devoción desde muy niño, a la que quiso hacer Patrona del Tercio y a la que hubiera hecho de prolongarse su vida un poco más, aquí quedará enterrado hasta que el milagro de la resurrección le vuelva a la vida, uno de los más grandes guerreros que ha tenido y que tendrá esta España, pródiga siempre en hombres heroicos.
Dos años después, el Gobierno, tras meticuloso, concienzudo y excesivamente lento examen de sus méritos, le ascenderá como recompensa póstuma a Coronel de Infantería, con la antigüedad del día de su muerte. Pero el mayor homenaje, el que más hubiera ambicionado el caído de haber podido gritar desde su tumba, hubiera sido el de que alguien hubiera hecho esculpir en la lápida de su sepultura las palabras augustas de su Rey al conocer, transido de dolor, aquella muerte: "Hoy he perdido a mi mejor soldado".
* * *
Es indudable que el Tercio, a la muerte de su Jefe, sufrió una crisis comprensible. Al dolor de perderlo se unió la incertidumbre de quien vendría a reemplazarle. Sustitución difícil en verdad pues nada fácil parecía encontrar otra persona de su grado y de su temple. S. M. el Rey, que amó siempre a La Legión con especial cariño, meditó intensamente sobre este problema. Y halló para él la mejor solución. Ascender a Franco y confiarle el mando del Tercio. En la impaciencia de que lo supieran pronto los que iban a estar a sus órdenes y calmaran así su angustia, les telegrafió con urgencia: "Os reitero mi felicitación. A vuestro frente ha caído uno de mis mejores soldados. Guardad siempre su gloriosa memoria. Confío el mando de esas Banderas al Teniente Coronel Franco. Viva España. Viva La Legión. Alfonso Rey". Gran consuelo para todos esta grata noticia. ¡Qué bien acertó Su Majestad a salvar aquella crisis peligrosa!
Por su parte Franco, al saber la desgracia, escribió a sus compañeros de La Legión este otro despacho: "Os felicito por gloriosa jornada. Con vosotros lloro pérdida querido Teniente Coronel Valenzuela, el mejor caballero y soldado de la Infantería". Es el 18 de Junio de 1923. Hace solamente trece días que murió Valenzuela y cuatro que fue sepultado en Zaragoza. Ya los pies de Franco pisan de nuevo la tierra africana. Para venir a combatir otra vez con su habitual bravura. Para volver a maniobrar con sus Banderas guiadas por su genial inspiración. Para juntarlas todas bajo su mando juvenil, entusiasta y eficiente.
Al muelle acuden todos los Jefes y Oficiales de su Tercio en Ceuta, gozosos a esperarle. Pasada ya la crisis de luto y de tristeza, recobran con la sola presencia de su Jefe la serenidad y la alegría. Por cada uno de los campamentos legionarios corre la voz que es canto de esperanza y de victorias. ¡Llegó Franco! ¡Ya está otra vez con nosotros! ¡Iremos a su orden a donde quiera! ¡Nos esperan triunfos! ...
Pero el joven Teniente Coronel no oye todavía esos gritos que son toda una promesa. Ha entrado en su despacho y ha cogido de encima de la mesa una cuartilla en blanco de papel. Y sujetando en su mano la estilográfica, ha empezado a escribir su primera orden a sus fuerzas.
"Caballeros Legionarios, guardad puro siempre el espíritu legionario, tened ciega confianza en vuestra fortaleza, mantened firme el credo de La Legión y conservad en la memoria el recuerdo y ejemplo del más glorioso infante, del mejor legionario, Teniente Coronel Valenzuela, quien con su gorro y pensamiento en alto, murió por vuestra querida Legión."
Cuando concluyó de escribirla y la mandó a la imprenta, pidió su coche y marchó veloz al campo. Empezaba la tercera parte de su asombrosa carrera. La que había de llevarle sin descanso, en la lucha más difícil de todas las de Marruecos, a la de Coronel primero y al Generalato al poco tiempo. La que había de hacer que su nombre se cantara, entre aromas de incienso y olor de laureles, por toda España.
Como excelente católico, ha llamado a su tienda al sacerdote para confesarse con él. Hay que ir preparados, comenta luego con infantil alegría. ¡Da tanta fuerza el sentirse cerca de Dios! Unas horas después, al amanecer del trágico 5 de Junio de 1923, tras confesarse con él. Hay que ir preparados. El combate se inicia recio, reñido, incesante. El terreno es muy duro; el fuego enemigo hace muchas bajas; las camillas desfilan sin cesar hacia la retaguardia, manchadas sus lonas de sangre.
Valenzuela está infatigable, recorriendo toda la línea en un temerario alarde de valor que asusta a todos. Muchos legionarios, curtidos en el fragor de combates parecidos, tiemblan ahora de miedo. ¡Nos va a matar a nuestro Jefe! ¡No debía exponerse así! ¡Qué será de nosotros sin él!
Pasan de este modo unos minutos que parecen siglos. Las fortificaciones enemigas son tan fuertes que se hace imposible vencerlas solamente con el fuego. Tendrá que pensarse en alguna maniobra exterior. Pero el mando de todas las columnas, carente de otras iniciativas, considera, con manifiesto error, lo más cuerdo él atacarles cuerpo a cuerpo. Un cornetín toca desde muy lejos ataque con la contraseña del Tercio. Valenzuela oye el toque vibrante desde su puesto de vanguardia extrema, echado allí en el suelo, junto a sus legionarios parados e impotentes de avanzar. En aquel momento pasa por su imaginación el recuerdo de Franco, ausente ahora, en Oviedo, y haciendo con toda ilusión los preparativos de su boda. ¡Ah, si estuviera cerca, si lo tuviera allí mandando una de aquellas Banderas, inmovilizadas en tan áspero terreno! Pero ¿qué hacer ahora? Queda un único partido. Ponerse al frente de aquel grupo de legionarios avanzados y caer en tromba con ellos sobre las trincheras enemigas. Así, juntos todos, soldados y mandos y el Teniente Coronel a su cabeza. ¡Qué gran bautizo legionario para él si saliese con vida!
Y como lo piensa lo realiza. Puesto en pie, ha dado los tres vivas reglamentarios del Tercio. A España, a La Legión y aquel Rey, cuyos brazos le parece que le aprietan todavía cariñosamente en cordial despedida. En una mano sujeta nerviosamente su pistola, en la otra lleva estrujado su airoso gorro legionario. Y allá va hacia la muerte, hacia el sacrificio, hacia la perduración de la raza, que vive y vivirá siempre, digan lo que digan los débiles, los pesimistas, los cobardes...
El cuerpo vigoroso de Valenzuela, con toda la vitalidad de sus cuarenta y un años, caerá acribillado a balazos.
Quedará allí en el campo, sin recoger, rodeado de los cadáveres de sus próximos legionarios y de los enemigos muertos. Durante dos tristes noches las estrellas lo mirarán con esos ojos que parecen que parpadean incansables en el azul oscuro de aquel cielo africano sin nubes.
Después, amorosamente rescatado, será trasladado a Melilla. A la guerrera, empapada en una sangre que el tiempo endureció, se prenderá la Medalla Militar. Darán guardia de honor los legionarios heridos, que suplicaron permiso para salir del Hospital, con sus vendas todavía húmedas, para velar aquel heroico sueño de su Jefe. Sobre sus rostros retostados resbalarán esas lágrimas sinceras que sólo salen de los ojos cuando se pierde un padre. Y empezará aquel fúnebre cortejo que va a recorrer desde Melilla a Zaragoza una gran parte de España. Detrás del ataúd, con toda frecuencia por su máximo dolor, irán los más cercanos parientes que acudieron presurosos a seguirlo. Su hermano Enrique, Capitán de Artillería; los Condes de Sobradiel y de Isla, Joaquín Alcíbar, Arturo Guillén, Paco Urzáiz, y ya en marcha la decorosa comitiva, un joven Cadete de Caballería, su sobrino Enrique Guillén, que habrá saltado de su caballo en plenas maniobras académicas para unir su corazón doliente al de todos los demás de la familia. En todas partes el paso del entierro dará lugar a cálidas manifestaciones de pesar. En Zaragoza el pueblo entero se echará a la calle. Toda aquella enorme simpatía que derrochó el caído en su propia ciudad idolatrada, tendrá ahora una silenciosa y muda expresión de amargura y de cariño. En la cripta del Pilar, bajo el propio Altar de la Virgen, se abrirá la sepultura. Y allí, a los pies de la Gran Señora, a la que consagró el finado la más grande devoción desde muy niño, a la que quiso hacer Patrona del Tercio y a la que hubiera hecho de prolongarse su vida un poco más, aquí quedará enterrado hasta que el milagro de la resurrección le vuelva a la vida, uno de los más grandes guerreros que ha tenido y que tendrá esta España, pródiga siempre en hombres heroicos.
Dos años después, el Gobierno, tras meticuloso, concienzudo y excesivamente lento examen de sus méritos, le ascenderá como recompensa póstuma a Coronel de Infantería, con la antigüedad del día de su muerte. Pero el mayor homenaje, el que más hubiera ambicionado el caído de haber podido gritar desde su tumba, hubiera sido el de que alguien hubiera hecho esculpir en la lápida de su sepultura las palabras augustas de su Rey al conocer, transido de dolor, aquella muerte: "Hoy he perdido a mi mejor soldado".
* * *
Es indudable que el Tercio, a la muerte de su Jefe, sufrió una crisis comprensible. Al dolor de perderlo se unió la incertidumbre de quien vendría a reemplazarle. Sustitución difícil en verdad pues nada fácil parecía encontrar otra persona de su grado y de su temple. S. M. el Rey, que amó siempre a La Legión con especial cariño, meditó intensamente sobre este problema. Y halló para él la mejor solución. Ascender a Franco y confiarle el mando del Tercio. En la impaciencia de que lo supieran pronto los que iban a estar a sus órdenes y calmaran así su angustia, les telegrafió con urgencia: "Os reitero mi felicitación. A vuestro frente ha caído uno de mis mejores soldados. Guardad siempre su gloriosa memoria. Confío el mando de esas Banderas al Teniente Coronel Franco. Viva España. Viva La Legión. Alfonso Rey". Gran consuelo para todos esta grata noticia. ¡Qué bien acertó Su Majestad a salvar aquella crisis peligrosa!Por su parte Franco, al saber la desgracia, escribió a sus compañeros de La Legión este otro despacho: "Os felicito por gloriosa jornada. Con vosotros lloro pérdida querido Teniente Coronel Valenzuela, el mejor caballero y soldado de la Infantería". Es el 18 de Junio de 1923. Hace solamente trece días que murió Valenzuela y cuatro que fue sepultado en Zaragoza. Ya los pies de Franco pisan de nuevo la tierra africana. Para venir a combatir otra vez con su habitual bravura. Para volver a maniobrar con sus Banderas guiadas por su genial inspiración. Para juntarlas todas bajo su mando juvenil, entusiasta y eficiente.
Al muelle acuden todos los Jefes y Oficiales de su Tercio en Ceuta, gozosos a esperarle. Pasada ya la crisis de luto y de tristeza, recobran con la sola presencia de su Jefe la serenidad y la alegría. Por cada uno de los campamentos legionarios corre la voz que es canto de esperanza y de victorias. ¡Llegó Franco! ¡Ya está otra vez con nosotros! ¡Iremos a su orden a donde quiera! ¡Nos esperan triunfos! ...
Pero el joven Teniente Coronel no oye todavía esos gritos que son toda una promesa. Ha entrado en su despacho y ha cogido de encima de la mesa una cuartilla en blanco de papel. Y sujetando en su mano la estilográfica, ha empezado a escribir su primera orden a sus fuerzas.
"Caballeros Legionarios, guardad puro siempre el espíritu legionario, tened ciega confianza en vuestra fortaleza, mantened firme el credo de La Legión y conservad en la memoria el recuerdo y ejemplo del más glorioso infante, del mejor legionario, Teniente Coronel Valenzuela, quien con su gorro y pensamiento en alto, murió por vuestra querida Legión."
Cuando concluyó de escribirla y la mandó a la imprenta, pidió su coche y marchó veloz al campo. Empezaba la tercera parte de su asombrosa carrera. La que había de llevarle sin descanso, en la lucha más difícil de todas las de Marruecos, a la de Coronel primero y al Generalato al poco tiempo. La que había de hacer que su nombre se cantara, entre aromas de incienso y olor de laureles, por toda España.
