Junio de 1923, llora España.Cae el Jefe legionario
En los primeros días del mes de junio de 1923 se luchó enconadamente en la zona de Tafersit (Melilla) y el collado de Tizzi Assa. Allí, los rebeldes tenían cercadas varias posiciones desde tiempo atrás, impidiendo todo tipo de avituallamiento y relevo de las fuerzas sitiadas.
La hoyada de Tafersit forma un semicírculo irregular. Desde las alturas descienden tres grandes barrancos con grandes alturas enlazadas por contrafuertes. Terreno muy intrincado, y con barrancadas muy profundas, por donde tenían que pasar las tropas.
En la Comandancia General de Melilla se adoptó el plan para despejar la zona de enemigos con el fin de liberar las posiciones, retirar heridos y relevar los destacamentos. Para ello intervinieron seis columnas, cuatro de ataque, una de reserva y otra de observación. Entre los operativos figuraban tres Banderas completas del Tercio, bajo el mando del teniente coronel Rafael de Valenzuela.
El jefe de las columnas, coronel Fernández Pérez, dirigió una alocución a las fuerzas de vanguardia en la jornada previa al ataque.
"Soldados, en el día de hoy me hago cargo de las columnas que mañana van a operar. Ante todo, he de comunicaros que he dicho a las posiciones de Tizzi Assa que mañana iremos, contestándome el jefe del sector lo siguiente: Estas tropas agradecen saludo, reinando en las mismas excelente espíritu. ¡Viva España!.
He dicho que mañana iremos porque tengo la absoluta seguridad íntima de que llegaremos, y llegaremos porque todos, sin excepción alguna, estamos decididos a ello. Sé el espíritu que reina entre vosotros y sé que con él se va a todas partes. Mañana será un día grande para España y para el Ejército".
En la zona se había concentrado gran contingente de enemigo, calculado en unos dos mil hombres, quienes habían construido cuevas en las barrancadas, trincheras y parapetos con el fin de impedir el paso de los convoyes.
Durante la noche comenzó el movimiento de tropas en absoluto silencio, hasta alcanzar la ubicación señalada, llegando en orden de combate con los primeros claros del día.
Una vez iniciado el combate, se hizo encarnizado, viéndose obligados a atacar a la bayoneta para despejar el camino. Se disputaba el terreno palmo a palmo Loma a loma, cortadura a cortadura, hubieron con fuego intenso desde todos lados. de abrirse paso combatiendo con gran heroísmo y entusiasmo.
Parte de guerra del comandante
Manuel Canellas Tapia
A las 5,15 horas de este día salieron la Primera y Segunda Banderas al mando del teniente coronel Valenzuela, constituyendo la vanguardia de la columna de la derecha... Transcurridos 45 minutos y en vista de que las fuerzas de Regulares, que constituían la vanguardia de la columna de la izquierda, encontraron gran resistencia para ganar las lomas que dominan los barrancos de Igueriben y loma Colorada que seguían ocupadas por una gran concentración de harqueños, quienes hacían fuego intenso desde las alturas, determinó el teniente coronel ordenar que la 5ª compañía de fusiles se adelantara para hacer un avance por la ladera para acercarse más al barranco... todas las fuerzas avanzaron con gran entusiasmo y decisión unos doscientos metros sufriendo fuego muy intenso que causó elevadas bajas... Oyose después el toque de ataque dado, por el corneta de la columna, al que avanzó la Bandera armando el cuchillo al tomar la loma Rocosa, sufriendo las bajas del teniente Sierra y alférez Tenorio, ambos heridos. Al referido toque de ataque, el teniente coronel que se hallaba a la inmediación de las fuerzas de la Segunda Bandera, arengó a todas las unidades que estaban desplegadas con gran ardor y elocuencia, lo que produjo un general entusiasmo y a la orden de ataque partieron con toda decisión y empuje ladera abajo, en dirección al barranco. El fuego adquirió entonces una intensidad mayor y las bajas se sucedieron unas a otras con una rapidez muy grande. Entre ellas cayeron los primeros el capitán ayudante, Ortiz de Zárate, herido; el capitán Casaux, muerto; y el teniente Lizcano, herido, sin que vacilase un solo hombre en su decidida marcha sobre los objetivos indicados.
El comandante de la Segunda Bandera se desvió a la izquierda al objeto de poder ordenar a la Primera Bandera que cooperase al ataque iniciado, alcanzándolos a los pocos minutos, llegando primero los elementos de la 1ª compañía al mando del teniente Sanz Perea, recibiendo fuego mortífero y solicitando ayuda para retirar sus muchas bajas.
Este teniente se lanzó al asalto, rodeado por la gente que le quedaba, recibiendo a la muerte a los pocos pasos en unión de los que le seguían. El fuego había adquirido el máximo de intensidad y las posiciones legionarias eran materialmente segadas por las balas...
Al lograr los legionarios llegar al fondo del barranco con bayonetas caladas, se introdujo el pánico entre los rebeldes, que salieron despavoridos de sus escondites en una fuga desordenada, momento en que las compañías de ametralladoras abrieron fuego.
La emoción de aquel momento grandioso aumentó por la multitud de vivas a España y a la Legión que se oían. Instantes después llegó la noticia de la gloriosa muerte del teniente coronel, quien marchando detrás de las fuerzas animándolas con entusiasmo cayó mortalmente herido. Eran las nueve.
El comandante Canellas ordenó detener el ataque arengando a las tropas para contrarrestar el efecto de la noticia de la pérdida del teniente coronel... aunque éste era para nosotros muy grande, mientras quede un legionario en pie no hay que temer nada... dando los vivas reglamentarios a los que añadió el del teniente coronel Valenzuela, siendo respondido con gran entusiasmo y emoción...
... asistieron 35 oficiales y 643 de tropa. Fueron bajas 16 oficiales y 181 de tropa.
Rafael Valenzuela Urzáiz
Teniente coronel Jefe de la Legión. Toma parte en la operación de este día al mando directo de la Primera y Segunda Banderas, en extrema vanguardia de la columna del coronel Gómez Morato.
Después de pasar el barranco de Buhafora, ocupa las estribaciones de Peña Tahuarda, al frente norte de la Rocosa. Se Recibe orden del jefe de la columna para ocupar la Rocosa. Al toque de ataque se pone al frente de sus fuerzas, las arenga con entusiasmo y, a los vivas reglamentarios de la Legión, se lanza al asalto de las trincheras situadas en el profundo barranco, donde numerosísimo enemigo fuertemente parapetado siega materialmente las guerrillas dejando las compañías en cuadro.
En el momento culminante de la acción encuentra este Jefe gloriosa muerte, habiéndosele concedido por su heroico comportamiento la Medalla Militar.
La Legión, en homenaje al Jefe que entregó su vida en combate, creó en 1925 la Séptima Bandera llevando como insignia las armas del teniente coronel Valenzuela.
El Telegrama del Rif
(9 de junio de 1923)
Uno de los heridos del Tercio en el combate del día 5 nos ha referido un nuevo episodio, en el que se cubrieron de gloria el bravo alférez del Tercio Sendra y veinte legionarios a sus órdenes.
Acaeció el hecho, a que hacemos referencia, en los momentos nimbados por el supremo resplandor de la gloria, en que el heroico teniente coronel del Tercio, Valenzuela, caía mortalmente herido, haciendo la generosa ofrende de su vida en el altar de la Patria.
Muertos el bravo jefe y los cuatro camilleros, también del Tercio, que habían acudido a recoger el cadáver del glorioso Valenzuela, los rifeños, ensoberbecidos, trataron de apoderarse de los sagrados restos del heroico militar español, y, entonces, un alférez del Tercio, el alférez Sendra, al mando de una sección de veinte legionarios, como él, valientes, como él, audaces, no vacilaron en avanzar, con sublime arrojo, hasta luchar cuerpo a cuerpo con los rebeldes, que no veían conseguido su propósito de apoderarse del cadáver del heroico jefe del Tercio.
Los rebeldes, superiores en número, hubieron de abandonar aquel lugar al ver que otros legionarios acudían al que era sagrado lugar, porque allí estaban los restos de Valenzuela.
Junto a este cadáver quedaron también los del alférez Sendra y unos veinte legionarios, nuevos mártires de la Patria.
La noticia de la muerte del Jefe del Tercio, el teniente coronel Rafael Valenzuela Urzaiz, causó honda impresión en Melilla. En todas sus clases sociales se notó el profundo, sincero y sentido pesar. Se comentaba por doquier y resaltaban sus dotes de carácter, caballerosidad y afabilidad que enaltecían su prestigiosa figura en una aureola de modestia y simpatía.
La Cámara Agrícola y la de Comercio encargaron hermosas coronas de flores naturales con una sentida dedicatoria: "Homenaje póstumo de veneración a cuantos sacrificaron su vida por la Patria en la heroica figura del primer jefe del Tercio teniente coronel Valenzuela", que fueron depositadas sobre el féretro del insigne legionario.
Por acuerdo unánime del pleno de esta Cámara, se rogó a todos los agricultores y comerciantes melillenses que, "para rendir sentido homenaje a la memoria de los que sucumbieron por la Patria en las últimas jornadas y exteriorizar los sentimientos de admiración y leal asistencia a nuestro querido ejército, acompañen al cadáver del heroico teniente coronel del Tercio don Rafael Valenzuela, en su conducción".
La presidenta de la Cruz Roja recibió un telegrama de la madre del heroico jefe: "Madre jefe Tercio ruega cubran de flores a su heroico hijo. Joaquina Urzaiz". Al día siguiente recibía respuesta: "cumpliendo su honroso y triste encargo, una comisión de esta Junta de señoras de la Cruz Roja ha depositado hoy sobre el cadáver de su heroico hijo unas flores, testimoniando así el pesar que, como españolas, sufrimos por la pérdida del que tan alto supo poner el nombre de nuestra Patria".
El capitán ayudante del Tercio, Ortiz de Zárate (herido en Tizzi Assa), dirigió a Millán Astray un telegrama: "Alcanzó heroica y gloriosa muerte en el sangriento combate de hoy, el teniente coronel Valenzuela. Al lanzarse al asalto el primero, al grito de Viva la Legión, recibió un balazo en el pecho y otro en la cabeza. Ha muerto, pero vivirá eternamente en el corazón de todos los legionarios. ¡Viva España! ¡Viva el Rey! ¡Viva la Legión!".
Entierro Legionario
Previamente al sepelio del teniente coronel Valenzuela, se produjo el entierro de los tenientes del Tercio Sanz Perea y Sendra, acto que presidió el jefe de la columna, coronel Gómez Morato, acompañado por el comandante del Tercio, Lucas Mercader.
Los féretros que guardaban los restos de estos oficiales fueron envueltos en la bandera nacional, rodeados por coronas ofrendadas por la Legión con sentidísimas dedicatorias.
En el momento de dar la sepultura, el coronel Gómez Morato intervino de la siguiente manera: "Yo os despido en nombre de la Legión y de todo un Ejército. Os doy un adiós en su nombre. Vuestro recuerdo perdurará siempre en nuestra memoria. Habéis muerto gloriosamente, excediéndoos en el cumplimiento de vuestro deber, escribiendo una de las más bellas páginas de gloria en el historial del Ejército español. Que Dios os acoja y entréis en la gloria, que bien la merecéis por vuestro comportamiento. ¡Viva España! ¡Viva el Rey! ¡Viva la Legión!".
9 de junio,
Despedida de Melilla a Valenzuela
Si en innumerables ocasiones se ha mostrado cariño hacia la Legión, la jornada del 9 de junio de 1923 una ciudad completa rindió homenaje al Tercio en la figura del teniente coronel Valenzuela.
Melilla, sin distinción de clases, religiones ni razas, hizo honor a su tradición y sintió intensamente los dolores y las glorias del Ejército. Cada jefe, oficial o soldado que rendía generosamente su vida a la Patria en los campos vecinos, se incorporaba a Melilla, guardadora amorosa de sus cenizas y conservadora de sus glorias.
El homenaje que dio Melilla entera, con la participación de miles de personas, comenzó con el traslado del féretro hasta el puerto, donde embarcaría rumbo a Málaga con destino Zaragoza, ciudad en la que recibió sepultura, en el Santuario del Pilar, en cuya cripta quedaría guardando reposo eterno.
El acto duró tres horas desde que comenzó en el cementerio. Además de una nutrida representación de los efectivos de la Comandancia Militar de Melilla, acompañaron a la fúnebre comitiva miles de personas, pudiendo decirse que toda la ciudad estaba allí representada, no recordándose manifestación de duelo tan grandiosa.
Conforme avanzaba por la ciudad, el comercio cerró sus puertas, asociándose al sentir general. En todas las calles se agolpaba enorme gentío, costando gran trabajo abrir paso.
Cuando llegó al muelle, todas las fuerzas que se hallaban allí formadas rindieron honores al cadáver del heroico teniente coronel Valenzuela, presentando armas e interpretándose la Marcha Real (Batallón de Melilla, una compañía de Ingenieros, una batería de la Comandancia de Artillería, una compañía de Intendencia y un escuadrón de Caballería).
El coronel jefe de Estado Mayor dio lectura a la orden que concedía la Medalla Militar al heroico jefe del Tercio. Seguidamente, el Comandante General se dirigió a los allí congregados.
"Soldados: delante del cadáver del heroico teniente coronel Valenzuela, que murió cubriendo su nombre de gloria en defensa del honor de España, debemos todos jurar, como buenos españoles, dar la vida por la Patria si llegara el momento. Ante el cadáver del glorioso Valenzuela gritemos: ¡Viva España! ¡Viva el Ejército! ¡Viva el Rey! ¡Viva la Legión!".
El gentío y las fuerzas que se hallaban formadas en tan solemne momento, contestaron clamorosamente estos entusiastas y patrióticos vítores.
El general Echagüe, jefe de las columnas en el momento de la muerte del jefe del Tercio, colocó sobre el féretro la condecoración, y dijo:
"En nombre de la nación impongo al teniente coronel Valenzuela la Medalla Militar. El mayor honor y la más grande satisfacción de mi vida ha sido imponer esta medalla al teniente coronel Valenzuela. ¡Viva España! ¡Viva la Legión!".
El jefe accidental del Tercio, comandante Lucas, intervino de la siguiente manera:
"Excelentísimos señores, soldados: ha caído nuestro prime jefe, el heroico teniente coronel Valenzuela, y hasta que caiga el último de los soldados de la Legión, los legionarios seguiremos cumpliendo con nuestro santo deber de pelear por la Patria. Ha caído nuestro primer jefe. ¡Gloria al teniente coronel Valenzuela! Aunque el dolor de haberlo perdido inunda nuestro corazón, gritemos ahora, con más ardor que nunca ¡Viva España! ¡Viva la Legión! ¡Viva el Rey!".
Tras estos parlamentos dio comienzo el desfile de las fuerzas que habían formado, pasando ante el cadáver del que fue bravo jefe legionario. Primero desfila el piquete del Tercio que había custodiado la comitiva, dándose entusiastas vivas a la Legión. Después lo hicieron los alféreces Casado, Díaz Criado, Tenorio y Esteban, que se encontraban heridos, al frente de unos cincuenta legionarios también heridos en los combates de los últimos días.
El paso de estos soldados produjo en la concurrencia una extraordinaria emoción. Los valientes alféreces y soldados del Tercio que vertieron su sangre por la patria vitoreaban sin cesar a España y a la Legión, contestando millares de personas, poseídas todas por el mismo sentimiento sublime de patriotismo.
Después se procedió a embarcar el féretro en el cañonero Bonifaz, con dirección a Málaga, y de allí continuaría el traslado en ferrocarril hasta Zaragoza, reposando desde entonces el teniente coronel Valenzuela en el templo del Pilar.
Diario El Telegrama del Rif
Pasan los legionarios heridos
Se acababa de imponer la Medalla Militar sobre el féretro envuelto en la bandera española, que encerraba el cadáver del teniente coronel Valenzuela. No se habían extinguido los atronadores vivas a España, al Rey y a la Legión. Aún resonaban en los oídos de la muchedumbre apiñada las palabras pronunciadas en honor del héroe, que fueron un cando al amor patrio y al sacrificio. Los pechos alentaban conmovidos, y a los ojos acudían destellos que reflejaban que todos los pensamientos se habían fundido en uno solo, grande y elevado.
En aquellos culminantes momentos, todos se consideraban pequeños y sentían envidia ante la grandeza del que ya no existía. Mas no habían terminado las emociones.
Suena una banda militar, desfila airosamente una sección de legionarios, que rinden el postrer homenaje al que fue su jefe, dando un sonoro ¡viva! Y tras ellos, un centenar de héroes, de esos chacales que van siempre delante, heridos por el plomo rifeño. Unos cojeando, otros envueltos en gasas, con los brazos en cabestrillo, con muletas, o llevados entre varios, y a la cabeza de ellos los oficiales que también derramaron su sangre en las pasadas jornadas, que despreciando los dolores de la carne, abandonaron los hospitales y acudieron a decir adiós al que los condujo a escribir una página gloriosa.
Al paso de aquel puñado de valientes, la multitud, respetuosa y conmovida, se descubre. Los corazones aceleran su ritmo y muchos miles de manos se juntan para dar el más sonoro y ferviente aplauso de admiración.
Fue un momento grandioso, inolvidable, un tributo rendido espontáneamente al valor.

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